Hace muchos años dos adolescentes se conocieron en una noche de verano. Él era de Sevilla y ella de Madrid. Jamás se preguntaron el por qué, pero estarían allí una semana, con diferentes objetivos y sin imaginar que aquella semana quedaría marcada en sus mentes el resto de sus vidas.
Bajo la luz pálida de la luna comenzaron a conocerse, a mirarse, a sentir algo que podría cambiar sus vidas para siempre. Cada día que pasaba era más lo que sentían entre ellos. Sabían que tarde o temprano tendrían que separarse, sin saber cuando el destino volvería a unirlos.
Pasó la semana y llegó el día de la despedida. Como el primer día, los dos bajo la luz de la luna. Sabían que la distancia no podría cambiar aquello que sentían.
Él sólo quería abrazarla y ella dejar que sus brazos la rodearan. Cada vez más juntos y sin ser conscientes de cualquier otra cosa , como si estuvieran asumidos en mundo de fantasías en el que solo existían el y ella, y nada podría separarlos.
El temblando, ella sudando, cada vez se acercaba más a ella, podía sentir su aliento... Deseaban besarse. Sus labios se rozaron, ya nada podría detenerlos, el tiempo pareció detenerse.
Pasaron la noche entera abrazados bajo la luz de la luna, sintiéndose el uno con el otro, caricias... Algo que quedaría marcado el resto de sus vidas.
Era duro, pero ambos tenían que marcharse. Prometieron escribirse una carta todos los meses, para así poder sentirse uno mas cerca del otro. Ella le pidió que todos los años la llamara el día su cumpleaños, catorce de febrero. Juró que lo haría cada año y durante toda su vida.
Él le enviaba cartas, como se prometieron, y ella las respondía. Deseaban verse.
Llegó el primer catorce de febrero y él se disponía a llamarla. Se estremeció en el encanto al escuchar de nuevo su voz. Compartieron el tiempo y recordaron con alegría aquella semana que pasaron juntos. Nada ni nadie estaba en ese momento entre ellos, solo él y ella.
Al cortar la comunicación ambos volvieron a sentir esa sensación de vacío... Se necesitaban.
Los años pasaban y los catorce de febrero seguían sucediéndose.
Una tarde de diciembre sonó el teléfono de él. Pudo reconocer aquella voz. Era ella, aunque no esperaba que lo llamara . Tenía buenas noticias. Organizó una excursión para ir a Sevilla y podrían verse durante una tarde.
Al fin podrían verse después de tanto tiempo.
Se estrecharon un gran abrazo, quizás el mas grande de los abrazos del mundo. Ella le contó que tenia una grave enfermedad pero todo volvería a la normalidad al operarse. Caminaron juntos de la mano, hubo besos, caricias... Todo como el ultimo día de aquella semana. Era tarde y ella tenia que marcharse de nuevo. Él le prometió que seguiría llamándola cada catorce de febrero.. Se despidieron.
Llegó el siguiente catorce de febrero. Estaba deseando volver a escuchar su voz y preguntarle por la operación; llevaban meses sin escribirse cartas. Su corazón se llenaba de alegría, aún era mucho lo que él sentía por ella y a pesar de todo siempre sentiría lo mismo.
Contestó al teléfono una voz desconocida; se sobresaltó. Esperaba escuchar la voz de ella. Era una voz grave, masculina. Lo primero que pensó fue que ella le había estado mintiendo, pero no podía ser. Quizás la operación no salió bien y lo dejó allí solo, marchándose para siempre. En solo dos segundos se le ocurrió todo tipo de posibilidades, aunque estaba convencido de que ella no podría engañarle.
Se equivocaba. Aquella voz era de su marido. Él comenzó a llorar como un niño pequeño pero a la vez sintió un gran alivio porque la operación salió bien y ella estaba allí .
A pesar de todo él siguió llamándola cada catorce de febrero, como prometió que haría.
Ella falleció poco después debido a una complicación por culpa de la operación y actualmente él sigue llamando cada catorce de febrero, aunque ahora siempre responde su hija.